“Me senté en la arena. Estaba completamente sola y en silencio. Sola con las estrellas y con el mar. Sola con mis pensamientos y con mis miedos. Sola en la oscuridad de la noche. Observaba el ir y venir pacifico de las olas, mientras las estrellas se reflejaban en la oscuridad del agua. Tomé un puñado de arena y lo lancé hacia el mar, observando detenidamente como se deshacía en el aire, antes de que lograra llegar al mar. La brisa sopló en ese momento y meció suavemente mis cabellos. Suspiré con desanimo y me acosté en la arena, con mis ojos cerrados y concentrándome en el sonido que producían las olas. Sonreí sin proponérmelo y permanecí en silencio, sintiendo la tranquilidad que hacia tanto creía perdida. De un momento a otro, sentí como algo rozaba mis mejillas, un tacto cálido, una suave caricia. Me permití disfrutar de ese furtivo roce, antes de abrir los ojos buscando a su causante. Me encontré contigo. Un completo desconocido que lograba trasmitirme paz. Observé tus ojos, buscando una respuesta al porque estabas sentando a mi lado, con tu mano en mi mejilla y con esa sonrisa tranquila. Enarqué una ceja al notar que no dejabas de acariciar mi piel, a pesar de ya haberte descubierto. Alzaste tus hombros en un gesto despreocupado y seguiste con tu tarea. En ese momento detalle tu rostro y me perdí en tus ojos. No se que tenían, pero me mantenían atrapada en tu mirada. Sentía que podía sumergirme en la oscuridad de tu mirada y nadar en ellos hasta que el tiempo dejase de ser relevante. Sé que sueno como una cursi, pero me permito aclarar que no lo soy. Solo soy romántica. Cerraste tus ojos por un momento y toda la cordura regreso a mis pensamientos, haciéndome levantar rápidamente y apartarme de ti y de tu calidez, cosa que me arrepentí inmediatamente después. Al ver que me separaba un poco más de ti, sonreíste nuevamente, pero con un poco de melancolía y con tristeza. Una extraña opresión se apoderó de mi pecho al verte así y sin pensar claramente lo que hacía, me acerqué a ti y te abracé. Recuerdo que me perdí entre tus brazos y si me preguntas ahora, no se cuanto tiempo estuve en esa posición, tal vez fueron minutos, horas o hasta días. Pero que importaba eso en el momento, yo estaba concentrada en tratar de apartar todos los fantasmas de tu mirada y devolverle el brillo que por unos instantes pude conocer y del que sin saberlo me volví dependiente. Poco a poco me separé de ti, tratando de prolongar lo mas posible el contacto que mantenía contigo, pero también intentando ver nuevamente tus ojos, para saber si todo estaba bien nuevamente. Al subir mis ojos hacia tu rostro, encontré una gran sonrisa y un brillo en tu mirada. Suspiré aliviada al notarlo nuevamente, pero sin ser plenamente consciente de lo que hacía. Tu sonrisa cambió y dio paso a una más picara, mientras te acercabas a mi y me envolvías nuevamente entre tus brazos, mientras acariciabas los míos con lentitud y tranquilidad. Suspiré extasiada y me di cuenta de algo, no conocía nada de ti, ni siquiera tu nombre. Había tratado de aliviar las penas de tu corazón sin conocerte y tú habías llegado a calmar mi mundo sin saberlo. Te acercaste a mi oído y tu respiración chocó con mi piel, haciéndome erizar cada uno de los vellos de mi cuerpo. Tu nombre, susurraste tu nombre como una suave caricia, sabiendo que eso era lo que me preguntaba internamente. Como si se tratase de un suspiro, te dije el mío. Nos sumimos nuevamente en silencio, había tanto que podíamos decirnos el uno al otro, pero preferimos callarnos. En ese momento, lo mejor era callar. Luego de horas, te separaste de mí, dejándome con esa sensación de vacio impregnada en mi pecho. Me miraste una ultima vez y sin siquiera despedirte, te giraste y te alejaste de mi. Te alejaste de mi vida y te llevaste mi paz. Porque eso eras tú. Eras mi paz. Me quedé unos minutos más en ese lugar, observando el lugar por donde te habías marchado, sin que yo pudiera detenerte, porque esa era la verdad. No sabía como obligarte a quedarte a mi lado, a estar conmigo en la oscuridad de la noche y en mi soledad. Con lentitud me puse de pie y me alejé del mar, me alejé de ese lugar y traté de olvidarte esa noche, pero tu recuerdo no me dejaba dormir. Y todavía no me deja dormir. No sé, pero no fui capaz de volver a ese lugar. Pero hoy me cansé de soñar contigo y de soñar con tu voz. Hoy me cansé de pensar en ti desde el amanecer hasta el momento en que mis ojos se cierran. Me cansé de querer verte de nuevo, aunque sea una sola vez, y escuchar tu voz otra vez, así fuera para que me dijeras una sola palabra, como aquella vez. Por eso regresé hoy a este lugar. Por eso vine, para convencerme a mi misma que aquí acabaría lo que comenzó en ese encuentro furtivo. Me senté en el mismo lugar y luego de mucho pensar, me acosté en la arena, cerrando mis ojos y dejándome llevar por la caricia del viento. Pero algo me sacó de mi ensoñación. Una caricia. Como aquella vez, me deje llevar por la caricia, deseando con todas mis fuerzas que fueras tú. Abrí mis ojos con temor y me encontré con tus ojos. Parpadeé un poco y me pellizqué el brazo para asegurarme que no desaparecería como mis fantasías, pero eras real. Estabas allí, conmigo. Escuché tu risa suave surgir de tus labios y me sentí feliz. Te tardaste en regresar. Me dijiste cuando dejaste de reír y sentí como mis miedos se disipaban. Prácticamente me lancé encima de ti y te abracé con todas mis fuerzas y con esas ganas reprimidas por el tiempo. No se como, pero tus labios encontraron los míos y nos fundimos en un beso sin presiones y sin palabras, pero tan real como el sentimiento que llenaba mi corazón. Nos separamos con lentitud y maldije mi necesidad de respirar, pero tu sonrisa me tranquilizo nuevamente. Ya estoy aquí, eso es lo que importa. Dije con suavidad, antes de depositar un suave beso en tus labios, sin llegar a profundizarlo y dejándote con ganas de más. Lo sé, y por eso no te dejaré ir más. ¿Dejarme ir? Si fui yo quien te dejó ir y sin siquiera intentar detenerte. Traté de hablar, pero tus labios me callaron. Te conozco desde hace años y te he amado desde entonces, pero vi confusión en tus ojos aquella vez en que me armé de valor y me acerqué a ti lo suficiente como para estar a tu lado, por lo que decidí dejarte marchar. Y si me llegabas a querer aunque fuera un poco, regresarías a este lugar. Regresarías a mi. Y en ese momento no te dejaría marchar nunca más. Pero era tu decisión. Eras tu quien debía permitirme quererte, ahora te pregunto, ¿tu me quieres a mi lo suficiente como para dejarme ganarme tu corazón?. Me dijiste al oído y yo no pude hacer nada más que suspirar embelesada. ¿Quererte? Yo no te quiero. Yo te amo. Sonreír ampliamente y me abalancé nuevamente sobre ti, besándote con pasión y con desenfreno, con desesperación y dulzura mezcladas. Al separarnos me miraste a los ojos algo desorientado y yo solo pude sonreír por ello. Yo no te quiero. Hace tiempo deje de hacerlo. Dije con suavidad, notando como tus ojos perdían brillo, me apresuré a terminar de hablar. Hace tiempo que esto dejó de ser un querer, para pasar a ser un amar. Dije con una sonrisa. Sonrisa que tú correspondiste. Nos besamos nuevamente, en la oscuridad y en el silencio. El mismo silencio que nos rodeo aquella vez. El mismo silencio que me había acompañado en la vida, que me había torturado y que ahora me reconfortaba. Y todo, por estar a tu lado.”
viernes, 14 de diciembre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario