“Tengo los ojos cerrados, paro aun así te veo perfectamente. Tu piel tan blanca y tan pura, la cual es fría al contacto pero que es capaz de transmitirme tanta calidez cuando lo necesito. Veo tus brazos, siempre abiertos para mí, siempre fuertes y capaces de acunarme en ellos, cuando me siento desfallecer. Tus piernas, tan resistentes que son capaces de acompañarme por mi paso por el mundo y para correr a mi lado tras cada uno de los sueños que hemos construido juntos. Recuerdo perfectamente tus ojos, que siempre me comprenden en silencio, me consuelan, me trasmiten esa confianza que es tan valiosa en ciertos momentos y me siguen por donde quiera que vaya. Recuerdo tu boca. Esa boca que es tan sensual y tan jugosa. Esa boca, de cuyos labios salen las palabras justas para trasmitirme tanto y que me hacen suspirar embobada, aquella cuya sonrisa derriba mis barreras y me hace sonreír de vuelta completamente sumida en mis pensamientos y te encanta hacerlo para ver como me descontrolas con algo tan mínimo y aquellos labios que saben a té y a hierbabuena, los cuales me hacen delirar en cada beso. Puedo ver en mis memorias tu espalda ancha, la cual es capaz de cargar a cuestas tus sueños e ilusiones. Rememoro tu pecho, en el cual me pierdo cada vez que te abrazo, y que me dice tanto, al poder sentir el desbocado latir de tu corazón. Veo tus oídos, que están prestos para escucharme cada vez que te hablo. Veo tus mejillas, siempre suaves y sonrojadas por el frío. Veo tu mentón, tan varonil como tu y que siempre encuentra apoyo entre mi hombro y mi cuello. Recuerdo tu cabello, tan negro como la noche y tan suave que me invita a jugar con él cada vez que puedo. Pero no solo veo tu físico, también puedo ver tu alma. Veo aquella persona que es mi brújula, mi camino y mi compañero. Eres mis sueños y mis deseos. Eres mi vida y mi aire. Eres, al final de tantas cosas, mi todo y mi nada.”
jueves, 4 de octubre de 2007
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