“Llovía. O si, llovía y mucho. Gotas de agua golpeaban sonoramente al caer al suelo. El cielo estaba nublado, y a pesar de ser de la cantidad de agua que caía, algunos traviesos rayos de sol se escabullían entre las nubes, llegando a la tierra y al mar. Acariciándolos con suavidad, en una promesa implícita de volver a estar juntos, volver a entremezclarse, volver a ser semejantes y a la vez, contraparte. De dejar de ser cielo y mar, para ser uno solo. Las gotas golpeaban el mar, salpicando y rebotando al chocar. En la playa, las gotas de agua se perdían en la arena clara, para fundirse que la salina del mar. De un momento, el sonido de las gotas era acompañado por el retumbar de los tambores. Aquellos mismos tambores que acompañaron a los negros en su esclavitud, aquellos que mostraban su esencia, su alma, su ser. Porque transmitían más de lo que se puede imaginar, porque explicaban más de lo que éramos capaces de entender y porque nos mostraban más de lo que deseáramos ver. El retumbar de los tambores, llamaban a sus hermanas, a las gaitas, para que los acompañaran en tal ocasión. Poco a poco el llamado fue escuchado y hubo respuesta. Las gaitas comenzaron a sonar siguiendo el compás marcado por la lluvia y los tambores. Música ancestral, música nacida del instinto y de lo más profundo del ser. Podía escuchar perfectamente esa sinfonía tan primitiva y tan emotiva, que era capaz de despertar tantas cosas en mí. Me olvide de mis prejuicios y de mis miedos. Me olvidé de mis pesares y de mis problemas, me olvidé de mis heridas y de mis amores perdidos, olvidé el dolor y solo pude concentrarme en el sonido de la música y de sentir como mi corazón lo seguía. Una fiesta de tambores, eso era. Una fiesta de tambores, gaitas y voces bajo la lluvia torrencial. Bajo los escasos rayos de sol que se filtraban y fusionándose con la naturaleza y con el ser. Fusionándose conmigo y con todo aquel que escuchara la canción, para llenarlo de fe. Y llenándome a mí también de fe. Cerré mis ojos y me deje llevar, olvidé el color de mi piel, olvidé el color de mis ojos y de mis cabellos, y solo me concentré en sentir y en vivir. Mi cuerpo fue un instrumento, un instrumento para trasmitir lo que mi alma pedía a gritos y me había negado a escuchar con anterioridad. Olvidé todo lo que me ataba y me permití ser yo misma, me permití creer en mí y olvidar los pesares y las dudas. Me fusioné con la naturaleza, y me hice uno con el todo, y a la vez con la nada. Porque no pertenecía a ese lugar, pero por primera vez en mi vida sentí que ese era el lugar que debía encontrarme. En esa hermosa playa, a orillas del mar y con la lluvia mojándome por completo, mientras mi cuerpo seguía la pauta impuesta por la naturaleza y que era seguida por los tambores y las gaitas, reconociendo mis raíces. Reconociéndome a mi misma. Se que extrañaré esto, y que extrañaré todas estas sensaciones. Extrañaré el verme reflejada por un simple compás, el reconocerme entre las olas y el viento. El redescubrirme entre la lluvia y la arena y la tranquilidad que respiro en medio de mi soledad. Se que lo extrañaré, pero también soy conciente de que jamás podré olvidarme de ello, ya que hace parte de mi. Jamás podré separarme de nuevo de lo que hoy descubrí, y eso me hace sonreír.”
lunes, 20 de agosto de 2007
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